Capítulo 1: Charles Perrault y sus cuentos

 

    Charles Perrault y sus cuentos




 

Retrato de Charles Perrault realizado por un artista francés desconocido

 del siglo XVII (Museo Nacional de Versalles, Francia)


Biografía de Charles Perrault

 

            Charles Perrault vivió entre 1628 y 1703, en pleno siglo de Luis XIV. Fue contemporáneo de Molière,  Racine y La Fontaine. Pertenecía a la alta burguesía, era el menor de los siete hijos de un abogado originario de Touraine que ejercía en París. Tuvo un hermano mellizo, que murió poco después de nacer. Uno de sus hermanos, Claude, médico y arquitecto, es el autor de la columnata del Louvre. Otro de sus hermanos fue abogado, otro doctor en Teología. Charles también se recibió de abogado y trabajó bajo las órdenes del ministro Colbert. Fue miembro de la Academia Francesa, así como de las Academias de Pintura, de Escultura y de Ciencia. Tuvo los cargos de Canciller de la Academia de Letras y Controlador general de los edificios y jardines de Francia. Habitaba una casa con acceso a los jardines del Palacio Real y tenía, además, un gabinete en la casa de Colbert y una cámara en Versalles (Collinet, 1981: 8-12).

            Se casó en 1672 con una mujer mucho más joven que él. Quedó viudo en 1678 con tres hijos varones, el menor de los cuales era sólo un bebé. A partir de entonces, vivió más retirado de la vida pública y se dedicó a la educación de sus hijos. Sin embargo, nunca dejó de producir ni de estar presente en los actos oficiales. Su última aparición en la Academia fue en abril de 1703, dos semanas antes de su muerte. A su entierro concurrieron muchas personas importantes, como Boileau, que había sido su oponente en la querella de los antiguos y los modernos. El periódico El Mercurio galante, que había publicado muchas de sus obras, le dedicó más de veinte páginas.

            Desde joven se dedicó a escribir. Escribió libros en verso: Retrato de Iris, Diálogo entre el Amor y la Amistad, La Pintura, odas para celebrar algún acontecimiento de la corte como el casamiento de Luis XIV o el nacimiento del Delfín, himnos, sátiras, libros de arte y de caza, biografías de hombres ilustres, obras de tema mitológico como El espejo o La Metamorfosis de Orante. La obra por la cual fue famoso en su época es Paralelos, una serie de volúmenes en los que trata de demostrar la superioridad de los modernos sobre los antiguos. Hizo traducciones del latín y escribió sus memorias. Sin embargo, pasó a la posteridad por un librito de cuentos, escrito ya pasados los sesenta años, que ni siquiera se molestó en firmar (Soriano, 1968: 25-34).

 

 

 Los cuentos en verso


            Los tres primeros cuentos de Perrault son relatos en verso: La  paciencia de Griselda, Los deseos ridículos y Piel de Asno.

            En agosto de 1691, el primero de ellos fue leído en la Academia Francesa por el abate de Lavau, con el título de La Marquesa de Salusses o La paciencia de Griselda. El periódico El Mercurio galante del mes de septiembre dio cuenta de esa lectura y de los méritos de la obra. Luego apareció publicada en una compilación de las obras y los discursos leídos en ese año en la Academia y en una edición separada, hecha por Jean-Baptiste Coignard.

            En 1693 apareció publicado, también en El Mercurio galante,  Los deseos ridículos.

            En 1694 Jean-Baptiste Coignard publicó una reedición de La paciencia de Griselda, esta vez acompañada de los otros dos cuentos en verso: Piel de Asno y Los deseos ridículos. Los tres relatos volvieron a aparecer en una antología de cuentos y poemas publicada en La Haya por Adrián Moetjens, ese mismo año. Poco después, hubo una reedición acompañada de un prefacio.

            Los cuentos en verso no se volvieron a publicar hasta el año 1781 en que aparecieron junto a los cuentos de Historias o Cuentos del tiempo pasado en el volumen Cuentos de hadas (Contes des Fées) publicados por Lamy (Collinet,  op. cit.: 275).

 

Cuentos de Mamá Oca (Contes de Ma Mère l’Oie)


            Se conserva un manuscrito de 1695, reproducido por un copista que trabajaba habitualmente para Perrault, con  cinco cuentos en prosa: La Bella Durmiente del bosque, Caperucita Roja, Barba Azul, El Gato con botas y Las  hadas. La obra lleva por título Cuentos de Mamá Oca y contiene una dedicatoria a la sobrina de Luis XIV, Elizabeth Charlotte de Orléans,  firmada "P.P". Son las iniciales de Pierre Perrault, el menor de los hijos de Charles. En ella el autor pretende haber escrito los cuentos a la edad de diez años. En esa época, Pierre Perrault  Darmancour era un adolescente de, por lo menos, diecisiete años.

El título de la obra, Cuentos de Mamá Oca, indica el nombre con que se conocían los cuentos populares.  Algunos investigadores creyeron que el personaje de Mamá Oca, la anciana que narra cuentos a los niños, tenía bases históricas.  Anatole France, en su libro Diálogo sobre los cuentos de hadas (1985), escribió lo siguiente[1]:

            Se identificó Mamá Oca a la Reina Bertrade, mujer y compañera del rey Roberto, a la Reina Bertha “la de los grandes pies” madre de Carlomagno; a la reina de Saba, quien al ser pagana, tenía los pies torcidos, a Freya “la de los pies de cisne”, la más bella de las diosas escandinavas; a Santa Lucía de la cual el cuerpo, como el nombre, era luminoso. Pero, ¿quién es Mamá Oca sino nuestra abuela y todas las abuelas de nuestras abuelas, mujeres de corazón simple, de brazos nudosos, que hacían sus labores cotidianas con humilde grandeza y que, desechadas por la edad, no teniendo como la cigarra ni carne ni sangre, platicaban todavía en el rincón de la chimenea, debajo del techo lleno de humo y les daban a todos los chicos de la casa esos largos discursos que les hacían ver miles de cosas?”

            Luego, en el transcurso del siglo XVIII,  el nombre pasó a Inglaterra (Mother Goose) donde designa ya no cuentos sino recopilaciones de canciones de cuna y versos narrativos que tienen poco parecido con los cuentos de Perrault (Darnton, op. cit.: 46).

            Un año después de la aparición del manuscrito de los cuentos en prosa, en 1696,  La bella durmiente del bosque fue publicada en  El Mercurio galante con algunas diferencias, que veremos después, con respecto al manuscrito y a la edición de 1697.

 

Historias o cuentos  del tiempo pasado con moralejas (Histoires  ou Contes du temps passé avec des Moralités)

 



Portada de la edición de Barbin, de 1697- Grabado de Antoine Clouzier

 

             En 1697  el editor Barbin publicó un libro con el título de Historias o Cuentos del tiempo pasado con moralejas. El privilegio de la impresión fue acordado a P. Darmancour y su nombre figura también al pie de la dedicatoria a "Mademoiselle", la sobrina de Luis XIV. Tenía ocho cuentos en prosa, los cinco que estaban en el manuscrito de 1695 más otros tres: Cenicienta, Riquete el del Copete y Pulgarcito.

            Algunas semanas después de la publicación del libro, Pierre Perrault mató a un compañero en una pelea con espadas, por lo cual el padre y el hijo tuvieron  problemas con la justicia. Perrault debió pagar una fuerte multa, y,  para evitar más problemas, hizo ingresar a su hijo en el  ejército. El joven murió en 1700 y el padre ya no publicó ningún otro cuento.

            Todas estas primeras ediciones de los cuentos aparecieron sin nombre de autor. Los testimonios de los contemporáneos oscilan en atribuir los cuentos bien a Charles Perrault, bien a su hijo. Por ejemplo, testimonios de Mademoiselle Lhéritier, que era íntima de la familia Perrault, demostrarían que los cuentos son el resultado de un juego literario del adolescente, practicado bajo la dirección de su padre. Mademoiselle Lhéritier sugiere que fue Pierre, "hijo de un maestro" quien puso por escrito los cuentos que había oído en su infancia. Por otra parte, el abate Dubos habla directamente del libro del Señor Perrault  (Soriano, op. cit.: 29-30).

            El problema de la atribución aún no ha sido solucionado. Los investigadores de la obra de Perrault, como  Soriano (op. cit.: 22-34) y Jean-Pierre Collinet  (op. cit.: 25-30), creen que se trata de una tarea en colaboración. Piensan que los cuentos fueron originalmente escritos por Pierre, pero que Charles los revisó y corrigió, no queriendo poner su nombre en esas historias que eran, en realidad, "cuentos de viejas". La mano de Perrault  puede inferirse en los cuentos en verso ya que tienen un lenguaje mucho más refinado y un estilo semejante a otras de sus obras, como El espejo o La metamorfosis de Orante  y El laberinto de Versalles. También en las moralejas en verso que figuran al final de los cuentos en prosa. Nadie pone en duda  que los cuentos en verso y las moralejas fueron escritos por Charles Perrault. La duda subsiste en los cuentos en prosa ¿fueron realmente escritos por el hijo adolescente o se trata de un artilugio de Perrault para no asociar su célebre nombre a un tipo de literatura apreciada sólo por los niños y los campesinos?

En realidad, la moda por los cuentos de hadas hizo furor en los salones aristocráticos y en la corte desde 1685. Como veremos al analizar cada cuento en particular, Perrault modificó detalles de las versiones populares para no afectar el decoro de ese público refinado. Pero, ¿por qué sus cuentos tuvieron tanto éxito y siguen leyéndose hoy en día? Otros autores prolíficos como la condesa d'Aulnoy (1650-1705), de gran éxito en su época, no lograron que sus cuentos cruzaran las barreras del tiempo y del espacio como sí lo hizo el humilde librito de Perrault. Si leemos alguno de los cuentos de la condesa, podemos apreciar que son mucho más largos y de lenguaje más refinado, es decir, más alejados del estilo popular. Además, el hecho de que casi todos los otros cuentos que se escribían eran obra de mujeres (no muy valoradas como género, en esos años), puede haber influido para que Perrault no declarase abiertamente su autoría.

            El éxito de los cuentos de Perrault (de aquí en más los llamaremos así sin importar si el autor fue el mismo Perrault o su hijo) podría deberse a que, pese a  la elaboración literaria realizada por el autor, conservan la esencia de los cuentos populares. El lenguaje está lleno de arcaísmos, de palabras y expresiones que ya eran anacrónicas en los tiempos en que fueron escritos. El autor, deliberadamente, quiso darles a los relatos un cierto sabor antiguo.

            Su forma de narrar es directa y sin digresiones. Es un maestro en concentrar la acción en pocas palabras. El más breve de sus cuentos, Caperucita tiene apenas dos páginas. Tampoco faltan las referencias al relato oral. En el manuscrito de 1695, hay una nota al margen de Caperucita:"Se pronuncian estas palabras con voz fuerte  para darle miedo al chico, como si el lobo se lo fuera a comer", que fue suprimida en la edición de 1697.

           

 Las versiones orales y los cuentos de Perrault


            En una nota publicada en El Mercurio galante en enero de 1697, a propósito de la publicación de Historias o Cuentos del tiempo pasado, se dice claramente que el autor no inventó esos cuentos sino que los contó ingenuamente "como los oyó contar en su infancia" (Collinet, op. cit.: 28). De ello se desprende que todo el mundo sabía que esos cuentos estaban recogidos de la tradición oral.                                                                              

            El problema de las versiones orales se complica porque este librito tuvo gran éxito entre las clases populares.  Entonces aparecieron nuevas versiones orales derivadas de la obra de Perrault. Los folkloristas tratan de determinar, en cada caso, los rasgos primitivos y los derivados.

            Aquí debemos hablar de la Biblioteca Azul (Bibliothèque Bleue). Esta biblioteca, llamada así por el color del papel o de las tapas de sus libros, es  equivalente a los "chapbooks" ingleses y a lo que en español se conoce como "literatura de cordel".

            El que puso en circulación  este tipo de libros fue un impresor de Troyes, Nicolás Oudot, quien comenzó a editar, a partir de 1602, unos libritos baratos, bien pronto conocidos como "libros azules".  La mayoría de esas ediciones eran novelas de caballería, vidas de santos, novelas picarescas y textos provenientes de la literatura culta.

            Roger Chartier (1992: 149) insiste en el hecho de que ninguno de los textos de la Biblioteca azul fue escrito con fines editoriales. En todos los casos, se trata de adaptaciones de obras que ya habían sido impresas por otras editoriales. Los editores multiplican los capítulos para hacer textos más cortos adaptados a la competencia lingüística de sus lectores, resumen ciertos episodios, simplifican el vocabulario y la sintaxis, y, siguiendo el espíritu de la contrarreforma, censuran  las referencias a temas escatológicos o sexuales.

            Estos libritos comenzaron a venderse en las ciudades y sus primeros lectores fueron los artesanos y sus aprendices. En esa época, era común la práctica de la lectura en voz alta y la gente que no sabía leer solía reunirse alrededor de un lector, fuera para escuchar la lectura de los carteles que se fijaban en la calle o la de libros completos, en sus lugares de trabajo y en las tabernas. Luego comenzó la venta ambulante realizada por buhoneros y los libritos azules llegaron hasta la gente de campo.

            En lo que  atañe a los cuentos de hadas, el repertorio de la biblioteca azul fue tomado, como en los otros casos, de las ediciones cultas. Chartier (op. cit.) cita en primer lugar a Mme. d'Aulnoy, que publica en París los tres primeros tomos de sus Cuentos de Hadas en 1697 y el cuarto en 1698. Los cuentos de estas colecciones empiezan a pasar a la biblioteca azul entre 1710 y 1758. En cuanto al libro de Perrault, Chartier  aclara lo siguiente:

            Aparecida en París en 1697, reeditada en 1707 y en 1724, la colección de Perrault Histoires ou Contes de Temps Passé avec des Moralités, alimenta también, cuarenta o cincuenta años después, el catálogo de Troyes. La obra Les Contes des Fées, Monsieur Perrault. Avec des Moralités, que retoma en forma conjunta los cuentos del volumen de Perrault es editada en 1734 por Jean Oudot, en 1737 por Pierre Garnier, en 1756 por la viuda de Jean Oudot, y por Garnier el Joven en 1735 (pp. 149).”

             En las veladas campesinas no se leía sino que se narraban cuentos. Las versiones literarias de Perrault, al publicarse en la Biblioteca Azul, se popularizaron y volvieron a sus orígenes, produciendo un proceso inverso al realizado por su autor. El libro de Perrault, al ser abandonado por la clase alta, fue bien recibido por los campesinos. Algunos lo leyeron, pero la mayoría conoció sus versiones de boca de un narrador y estas versiones cultas vulgarizadas y convertidas en literatura de cordel,  en su vuelta al pueblo,  influyeron sobre las antiguas versiones orales. Y lo hicieron a tal punto que a los folcloristas les cuesta mucho discernir cuáles son las versiones completamente orales y cuáles derivan del libro de Perrault (Chartier,1994 : 123).

            Robert Darnton (1994) estudió los cuentos de Perrault en relación con las versiones populares francesas. Para este autor, a diferencia de Mme. d'Aulnoy, Mme. de Murat y otros líderes de la moda de los cuentos de hadas, Perrault actuó como un "narrador dotado" y no se apartó de la línea del cuento original. Afirma que, como todos los de su clase, conocía estos cuentos desde la cuna, ya que los había oído de boca de nodrizas y niñeras provenientes de las clases populares:

            Perrault representa algo único en la historia de la literatura francesa: el punto supremo de contacto entre los mundos aparentemente separados de la élite y de la cultura popular” (pp.72).

            Para Darnton, estos dos grupos  tenían mucho en común, a pesar de las diferencias sociales y geográficas de la sociedad del Antiguo Régimen. Esos rasgos que compartían ambas clases estaban en los cuentos orales que comunicaron una forma de interpretar el mundo típicamente francesa.

 

 Lo maravilloso y la realidad contemporánea

 

            Cuando Darnton (op. cit.: 46-59) analiza los cuentos populares franceses destaca que, a diferencia de los cuentos  de otros países de Europa, están mucho más conectados con la realidad que con la fantasía y, además, no ofrecen moralejas sino una filosofía de vida que podría resumirse en “hay que aullar con los lobos” o "es mejor ser astuto que tonto".

            Siguiendo esta línea, Perrault es bastante sobrio en la utilización de lo maravilloso. En sus cuentos hay pocos personajes fantásticos: una decena de hadas, dos ogros (Pulgarcito y El Gato con botas), y una ogresa (La Bella Durmiente).  En cuanto a animales fantásticos o con poderes extraordinarios, sólo aparecen los dragones que tiran de la carroza del hada de La Bella Durmiente, el asno encantado en Piel de Asno y el gato que habla en El Gato con botas. Los elementos mágicos se reducen a las varitas mágicas, las botas de las siete leguas (La Bella Durmiente y Pulgarcito), el anillo y el cofre de Piel de Asno y el zapatito de cristal de Cenicienta.

            Por el contrario, las descripciones de ambientes y situaciones de la vida contemporánea son muy abundantes. Perrault nos cuenta historias viejas, pero las sitúa en escenarios conocidos para los lectores de su época. En su amplio espectro de personajes  están retratadas todas las clases sociales, sus viviendas y sus costumbres. En La Bella Durmiente podemos ver a la nobleza actuando y deleitándonos con detalladas descripciones de su ejército de sirvientes, iguales a los que la gente rica podía ver en la corte de Versalles. En la escena del baile de Cenicienta también asistimos a un evento de la alta sociedad, en donde conviven  nobles y burgueses ansiosos de ascender en la escala social. La descripción de la casa de la familia de Cenicienta, lo mismo que la de los vestidos que usan sus hermanas, nos pintan detalladamente el modo de vida de la alta burguesía. Esta clase social también está retratada en Barba Azul.  Por su parte, Caperucita Roja nos deja atisbar la condición social de la pequeña burguesía urbana. El Gato con botas y Las hadas nos muestran el trabajo de los campesinos, en tanto que Pulgarcito, también ambientado en el mundo rural, describe los problemas sociales ocasionados por las grandes hambrunas.

            En La Bella Durmiente, Piel de Asno y Riquete el del Copete las parejas de enamorados son de la misma condición,  príncipes y princesas. Pero, en casi todos los otros, las heroínas ascienden en la escala social gracias a su belleza y su virtud (Cenicienta, Las hadas, Griselda), en tanto que los héroes lo hacen por su valentía, su inteligencia o su astucia (Pulgarcito, El Gato con botas). Esto nos habla de la movilidad social de la época, que va a culminar con la caída del Antiguo Régimen.

            Más adelante, al analizar cada cuento de Perrault, los compararemos con las versiones orales y buscaremos con más detalle esas relaciones con la realidad contemporánea. También los cotejaremos con las versiones de otros países y buscaremos esa forma de interpretar el mundo típicamente francesa de la que habla Darnton.

 

 Los destinatarios de los cuentos


            En el prefacio de la cuarta edición de los cuentos en versos,  Perrault declara que van dirigidos a los niños, pero que divertirlos  no es su único propósito, que todos los cuentos tienen una moralidad fácil de encontrar y que su objetivo principal es que los niños aprendan esa moral. A fines del siglo XVII, cuando el concepto de infancia empezaba a definirse, Perrault fue uno de los primeros en producir conscientemente literatura infantil y en asignarle a ésta un valor formativo (Soriano, op. cit. pp.14). Antes de esta época no existía la conciencia de que el niño fuera un ser diferente del adulto. No había ropa especial para los niños ni, mucho menos, literatura dedicada a ellos (Chartier, 1991: 150-153).

            Los cuentos maravillosos populares no estaban originalmente dirigidos a los niños, sino a todo el público. En las veladas campesinas, los destinatarios de los cuentos y las canciones eran tanto los niños como los adultos.  No todos los cuentos eran de hadas y princesas, había cuentos de temas escatológicos, de tono subido, con bromas relativas al sexo. No se consideraba inconveniente que los chicos escucharan lo mismo que los adultos, de la misma forma que no se objetaba el hecho de que los chicos durmieran en la  misma habitación y, frecuentemente, en la misma cama que sus padres (Darnton, op. cit.: 20-23). Había un solo tipo de cuentos que se relataba específicamente a los niños, los llamados "cuentos de advertencia". Hablaremos de ellos al analizar Caperucita Roja.

            Durante la Edad Media se veía a la familia como una unidad, el aprendizaje de la infancia y de la adolescencia tenía por fin preparar individuos aptos para la reproducción y, con ello, perpetuar el linaje. Si un niño moría, y era muy común que esto sucediera, se lo reemplazaba por otro. No importaba el individuo sino el cuerpo familiar.

            Jacques Gélis (1991: 90-100) indica que a finales del siglo XIV, en los medios acomodados de las ciudades, empieza a aparecer una nueva relación con la infancia que se vislumbra en el anhelo de los padres de salvar la vida del niño, rechazar la enfermedad, evitarle una muerte prematura. Esta evolución en la forma de ver al niño comenzó en las ciudades italianas, principalmente en Florencia, y durante los siglos XVI y XVII se extendió por Inglaterra, Flandes y Francia. No es que los padres no quisieran antes a sus hijos sino que ahora se los veía de otra manera, como individuos independientes y no ya como una parte del cuerpo familiar. Esto llevó  a mimarlos demasiado e hizo surgir, en el siglo XVII, una corriente pedagógica que ponía en guardia a los padres sobre la falta de límites. Por ejemplo, Locke [2] escribe en 1693:

            “Con mucha sabiduría la naturaleza ha inspirado a los padres amor hacia sus hijos, pero si la Razón no modera ese afecto natural con una extrema circunspección, degenera fácilmente en indulgencia excesiva. Que los padres y las madres amen a sus hijos pequeños, es lo más justo; su deber les obliga a ello. Pero sobretodo, no contentos con amar sus personas, hasta llegan a estimar sus defectos.”

            Para evitar que esa cera blanda que es el niño se deforme por demasiada indulgencia, la educación pasa del ámbito privado al público. Los pedagogos son los encargados de educar a los niños, fuera del círculo familiar.

            Con el descubrimiento de la infancia, surge el deseo de proteger al niño y, paradójicamente, eso trae consigo la rigidez de la educación, la censura de lo que los chicos pueden leer o escuchar, las moralejas en las historias. El niño es un ser en formación, hay que pulirlo, hay que educarlo, inculcarle valores, civilizarlo. La literatura infantil no debe sólo entretener sino que, principalmente, es una herramienta de la educación (Gèlis op. cit.: 90-100).

            Obviamente, esta nueva forma de ver a la infancia, se difundió más rápidamente en las ciudades y en los estratos sociales más altos, o sea, la nobleza y la burguesía. Entre los campesinos, durante varios siglos más y, en algunos lugares hasta nuestros días, el niño siguió trabajando a la par de los adultos en cuanto tuvo la fuerza suficiente para hacerlo y leyendo, o escuchando, las mismas historias que ellos.

            Muchos testimonios de intelectuales contemporáneos del autor hablan de estos cuentos relatados a los chicos por las nodrizas y las niñeras. Los llaman despectivamente "cuentos de viejas". Otros se quejan de las supersticiones de los campesinos que, en una época en que ya se vislumbra el triunfo de las luces de la razón, aún creían en hadas, ogros y otras criaturas mágicas. Valentina  Pisanty (1995:58) observa que, en el siglo XVIII, los campesinos, al igual que los niños, no advertían el distanciamiento entre el mundo del cuento y el mundo real ya que los seres sobrenaturales y los animales que hablan formaban parte de su bagaje enciclopédico del mundo real.

            Por otra parte, al igual que entre los campesinos, en las clases sociales altas los cuentos de hadas no eran leídos únicamente por los niños. Como ya dijimos, estaban de moda. Marie-Catherine Le Jumel de Berneville, la ya mencionada Condesa d'Aulnoy, fue quien inauguró el género de cuentos de hadas literarios. En 1685 abrió un café literario en la calle Saint Benöit, en París donde comenzaron a escribirse y a leerse historias llenas de maravilla, inspiradas en los cuentos populares, pero con un lenguaje culto y artificioso (Collinet,  op. cit.: 40-45).

            Perrault también piensa en este público, como bien lo atestiguan las adiciones y supresiones que hace y, especialmente, las moralejas de los cuentos en prosa. ¿Por qué algunos cuentos tienen dos moralejas? Precisamente porque tienen un doble destinatario: la primera moraleja va dirigida a los niños, para que aprendan una lección moral, en tanto que la segunda, cargada de ironía, es un guiño al refinado público adulto de la corte y los salones literarios. El estilo de las moralejas es muy parecido al de los epigramas galantes que aparecen en otra de sus obras: El laberinto de Versalles,  publicada en 1675.

Habrá que esperar hasta 1812, con la aparición de Cuentos infantiles y del hogar (Kinder-und Hausmarchen) de los hermanos Grimm, para que el niño sea el único y legítimo destinatario de los cuentos.

            En la época en que Perrault escribió sus cuentos, los destinatarios eran, por un lado, los niños de la clase alta para quienes la pedagogía clamaba por una  literatura que los educara en valores morales, y, por el otro, el público de la corte, especialmente las “preciosas” amantes de todo lo férico y maravilloso. Más tarde, cuando la moda de los cuentos de hadas fue dejada de lado por la clase alta, los relatos de Perrault pasaron a la Biblioteca Azul, despojados de todos los ornamentos que el autor les había puesto pensando en su público selecto, y volvieron a transformarse en cuentos populares. Así desde fines del siglo XVII y principios del XVIII tuvieron un nuevo destinatario: los campesinos.

            Estamos en presencia de una obra que, por su calidad y su polisemia, convoca a diferentes grupos sociales y a adultos y niños por igual. Característica que debería tener toda literatura infantil.

 

Los cuentos de Perrault en los siglos XVIII y XIX


            Ya vimos que, a partir del siglo XVIII, los cuentos de Perrault fueron reeditados repetidas veces en la Biblioteca Azul y sufrieron adaptaciones tendientes a simplificar su estilo. También  fueron traducidos al inglés.

        Valentina Pisanty (1995: 63) postula  que con los hermanos Grimm el niño se convirtió en el único destinatario de los cuentos de hadas. Su recopilación lleva por título Cuentos infantiles y del hogar (Kinder-und Hausmärchen). Estos autores recogían cuentos de narradores burgueses, no de campesinos, y luego los reelaboraban con un estilo literario. Una narradora de origen francés, Jeannette Hassenpflug, vecina y amiga de los Grimm, les contó Caperucita Roja, El Gato con botas y Barba Azul, entre otros cuentos de Perrault, que había aprendido de su madre cuya familia era hugonota  de origen francés.  Ellos buscaban cuentos alemanes y, en un primer momento, no se dieron cuenta de que estos cuentos eran de origen francés. Cuando lo descubrieron, los sacaron de su recopilación, excepto a Caperucita Roja  (Darnton, op. cit.; 62).

        Los Grimm son los creadores del cuento literario burgués y no sólo utilizaron como fuentes las versiones orales sino también las literarias de Perrault y de otros escritores como Madame d’Aulnoy y Tieck (Pisanty, op. cit.: 65-67). Pero los reelaboraron según su estilo y su concepción de la infancia. Eliminaron las incongruencias de las versiones orales y todo aquello que pudiera ofender a la moral burguesa. Si bien excluyeron las moralejas, las reemplazaron por enseñanzas disimuladas en el mismo cuento. Sus cuentos muestran la imagen de la mujer sumisa y obediente, siempre pasiva, que recibe la ayuda del hombre, que la supera en fuerza, inteligencia y poder de decisión. La obediencia y el respeto al orden establecido son los valores más deseables en los niños; los personajes de los cuentos que no respetan estos valores, siempre sufren un castigo. Veamos como lo explica Pisanty (op. cit.):

“Las incongruencias y las contradicciones típicas de las historias de la tradición oral fueron sustituidas por nexos lógicos más fuertes y, por tanto, más en línea con la mentalidad burguesa corriente. A nivel temático, se destacan los cortes y las censuras, orientados a reflejar de cerca la visión del mundo de la burguesía y a no chocar con su sentido moral. Con los Grimm el cuento literario ( y en consecuencia también el oral que sufrió  su influencia) se convirtió en un instrumento pedagógico en manos de la burguesía; piénsese en los contenidos morales y educativos que los hermanos añadieron a las historias populares y también en los papeles sexuales (mujeres pasivas y dóciles, hombres activos y aventureros) y en los modos de comportamiento (basados en virtudes típicamente burguesas, como el orden, la circunspección, la tranquilidad doméstica, la laboriosidad, etc.) que sus cuentos transmiten” (pp. 64-65).

        A raíz de esto, siempre se prefirieron las versiones de los hermanos Grimm, con algunas excepciones, como, por ejemplo, Cenicienta. Sin embargo, en 1899, Andrew Lang en sus doce tomos de Cuentos de hadas (Fairy Books) recogió en el primer libro de la serie, El Libro Azul (The Blue book), todos los cuentos de Perrault ; y prefirió su versión de Caperucita a la de los Grimm. Esta colección se convirtió en la biblioteca ideal de todo niño británico desde fines del siglo XIX hasta casi nuestros días. Por supuesto que Lang también adaptó los cuentos a la visión de la infancia que se tenía en su época: el niño cuya inocencia debe ser preservada.

 

 

 Los cuentos de Perrault en la primera mitad del siglo XX

 

        En la primera mitad del siglo XX surgió una corriente pedagógica que se oponía firmemente a la lectura de los cuentos maravillosos. Representante de esa postura es, por ejemplo, el escritor y dibujante español Antoniorrobles, seudónimo de Antonio Joaquín Robles Soler (1895-1983). Alineado con la defensa de la II República Española, publicó muchos cuentos con declarada intención propagandística, en 1936, entre ellos una serie de cuentos clásicos entre los cuales están: Caperucita, El Gato con botas, Pulgarcito y Cenicienta. También tiene escritos teóricos condenando la obra de Perrault. Veamos que se dice de  Antoniorrobles en el Lexicón de literatura infantil y juvenil publicado en nuestro país en 1979:

“ROBLES Y SOLER, Antonio- Escritor y dibujante español más conocido por Antoniorrobles. En su libro El maestro y el cuento infantil y en su conferencia “¿Se comió el lobo a Caperucita?” cuestiona los cuentos tradicionales porque no coinciden con su visión de la infancia y opta, ya que el cuento es el género por excelencia de la niñez, por alterar los finales propuestos por Perrault y los tiñe de pacifismo” (Pardo Belgrano-Nervi: 1979: 281).

        Los autores agregan opiniones de docentes e investigadores de literatura infantil de esa época, como la del uruguayo Jesualdo Sosa (1905-1982)[3], que calificó a la posición de Antoniorrobles de “franciscanismo falso y contradictorio”. En cambio, el ecuatoriano Darío Guevara (1905-1976)[4], que también rechaza el enfoque del español, tampoco aprueba los cuentos tradicionales por otras razones: porque los considera exponentes de complejos  que favorecen miedos y traumas. Sólo rescata  El Gato con botas pues los otros son un exponente del esclavismo feudal (Pardo Belgrano-Nervi, op. cit.: 125, 248).

            Los escritores y pedadogos se manejaban entre estas dos tendencias: o condenar a los cuentos tradicionales por su crueldad o tomar a los personajes clásicos e inventar otras historias más acordes a la imagen del niño que preponderaba: una criatura inocente libre de maldad.

Por ejemplo,  en Brasil, a partir de 1921, Monteiro Lobato (1882-1948) empezó a publicar sus cuentos infantiles. Además de los personajes creados por él: Naricita Respingada (Narizinho Arrebitado), la muñeca Emilia y Doña Benta, entre otros, incorpora a sus historias personajes de los cuentos tradicionales como Pulgarcito, Caperucita y Cenicienta. En un lugar de fantasía: el País del Pájaro Carpintero amarillo (O Sítio do Pica-pau amarelo) sus personajes viven historias fantásticas que se desarrollan en varios volúmenes. Sin negar sus méritos como renovador de la literatura infantil latinoamericana (Jofre Barroso, 2000: 138-140), es evidente que los cuentos de Monteiro Lobato están teñidos de didactismo y que utiliza los personajes tradicionales para sus propios fines, despojándolos de todo lo que le parece inconveniente.

 

 Los cuentos de Perrault en la segunda mitad del siglo XX

 

En 1950 Walt Disney realizó una versión fílmica de Cenicienta y en 1959 una de La Bella Durmiente. Me ocuparé de ellas al analizar esos cuentos.

En la década de los sesenta los cuentos maravillosos también fueron fuertemente cuestionados, como bien lo explica  Alvarado (1999: 39):

            La estructura esquemática de los cuentos tradicionales favoreció su conservación y su transmisión, convirtiéndolos en la literatura privilegiada de los niños. Durante mucho tiempo, la literatura infantil recurrió muy frecuentemente a esos cuentos maravillosos, cuentos de hadas que contaban las madres y abuelas; hasta que, en la década de 1960, se empezó a cuestionar la conveniencia de esas historias para los chicos. El motivo era la alta dosis de crueldad y la violencia que tenían. Se inició, entonces, una polémica, con argumentos a favor y en contra de hadas, ogros y princesas. Sin embargo, las versiones de los cuentos tradicionales que llegaron a los niños- las de los hermanos Grimm y Charles Perrault- ya estaban expurgadas de una buena dosis de morbosidad y violencia”.

        La obra de Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas (The Uses of Enchantment: The Meaning and Importance of Fairy Tales), de 1976, introdujo el análisis de los cuentos tradicionales desde el punto de vista de la psicología.  Aunque muchas de las aseveraciones de Bettelheim son ahora muy discutidas, su obra tiene el mérito de haber revalorizado los viejos cuentos maravillosos como lectura apropiada para la infancia.

            La corriente investigadora de la comprensión lectora, surgida en la década del ochenta, por razones más cognitivas que psicoanalíticas, revaloriza los cuentos tradicionales al descubrir que la actividad más influyente para  lograr la comprensión lectora en la escuela primaria era el proceso de haberlos escuchado  en la primera infancia. Afirmaba que esas narraciones ayudaban al niño a descubrir el simbolismo del lenguaje, el poder de crear mundos imaginarios por medio de la palabra, entre otras cosas (Colomer, 1998: 73).

            Los cuentos y las narraciones orales entraron en las escuelas. En esa época se divulgaron las propuestas de Gianni Rodari referidas a la escritura creativa a partir de los cuentos tradicionales.

 Rodari  (1995:52) lo explica así:

“Las fábulas[5] populares  se han convertido en materia prima para muchas operaciones fantásticas: desde el juego literario (Straparola) al juego de corte (Perrault); desde el romántico al positivista; para acabar, en nuestro siglo, con la gran labor de filología fantástica que ha permitido a Ítalo Calvino dar a la lengua italiana lo que no había podido recibir durante el “Ottocento” por la inexistencia de un Grimm italiano. Y no hablemos de las imitaciones de las que han sido víctimas las fábulas, de las deformaciones pedagógicas que han sufrido, de la explotación comercial (Disney) a que han dado lugar, las pobres...”

Las propuestas de Rodari consisten en modernizar los cuentos, contarlos al revés, mezclarlos, plagiarlos o escribir cuentos nuevos basándose en las funciones de Propp. Él mismo escribió cuentos así, por ejemplo: A enredar los cuentos, Miss Universo de ojos de color verde-venus, El flautista y los automóviles, entre otros. Lo que caracteriza a los trabajos de Rodari es la creatividad y el respeto por los cuentos tradicionales.

Estas propuestas, excelentes en su momento, fueron  agotadas por maestros y escritores. Incluso, para mucha gente,  la parodia propuesta por el pedagogo italiano constituyó la única vía para acercarse a los cuentos maravillosos.

            Por otra parte, las ideas de  Antoniorrobles o Guevara también tuvieron muchos seguidores pues hasta el día de hoy encontramos versiones franciscanas edulcoradas, políticamente correctas, que exaltan valores o moralinas de diverso orden, de acuerdo a la conveniencia de la época.

           


 Los cuentos de Perrault  en Argentina


En nuestro país, en la década del cincuenta, comenzó a publicarse una colección de libros infantiles que bien podríamos catalogar como literatura de cordel ya que se vendían en kioscos de revistas y eran muy baratos. Me refiero a la “Biblioteca de Pepe Bolsillitos” de la Editorial Abril, creada por Boris Spivacow. María Adelia Díaz Rönner  (2000: 524) la describe así:

“Eran libros pequeños que iban a los niños a descongelarse y a arrinconarse fruciosamente en la fantasía, inducidos a ello por la invención de “otros” que sentirían como más cercanos a ellos; de ahí la utilización de apodos de quienes los escribían, estrategia que procede también de la vieja tradición de la Bibliothèque Bleue”.

Algunos autores de esta colección siguieron  el procedimiento de tomar personajes de cuentos clásicos e inventarles nuevas historias. Por ejemplo, el que utilizaba el seudónimo “Sergio” escribió títulos como  Caperucita en febrero, Aladino en mayo, Pulgarcita en setiembre, que fueron publicados en el transcurso de 1956. Otro escritor, que firmaba como “Papá Noel”, inventó en 1955 los personajes de Caperucita Verde, Caperucita Amarilla, Caperucita Azul y Caperucita Violeta, cuatro hermanas idénticas, sólo diferenciadas por el color de la caperuza. Viven con su mamá, que también usa una capa con caperuza, y tienen una abuela que vive al otro lado el bosque. El lobo también existe, se llama “Don Lobodón”.

Así pues la tendencia de esa época es parodiar los cuentos tradicionales, a través de la invención de tramas y personajes clásicos insertos en un contexto que excluye la crueldad.

Afortunadamente en nuestro país hubo dos buenos emprendimientos para dar nueva vida a los cuentos clásicos. El primero lo realizó a partir de 1968 el Centro Editor de América Latina con su colección “Los cuentos de Polidoro”,  también bajo la dirección de Boris Spivacow, que ofreció buenas versiones de los cuentos tradicionales: de Perrault, de los hermanos Grimm, de La Biblia, de cuentos y leyendas de Europa, de Las mil y una noches, de la mitología griega y de los mitos y leyendas americanas. En el caso de los cuentos de Perrault, que son sólo cinco, no se trata de traducciones exactas del escritor francés sino de adaptaciones realizadas por Beatriz Ferro. Aunque tienen gran calidad literaria, muchas de ellas agregan demasiado al texto de Perrault. Por ejemplo, en El gato con botas el hijo del molinero tiene más iniciativa y siempre está cuestionando las decisiones de su gato, lo cual viola el espíritu del cuento en el que el gato tiene razón siempre. En La Cenicienta y en La Bella Durmiente se infiere la influencia de las versiones de Disney, mientras Caperucita sigue definitivamente la versión de los Grimm, por más que figure Perrault como autor. El quinto cuento es Los deseos ridículos que comentaré más adelante.

            El segundo emprendimiento lo realizó Graciela Montes al traducir con mucho esmero todos los cuentos en prosa y dos de los en verso, dejando únicamente de lado  La paciencia de Griselda. Primero los publicó el mismo Centro Editor para su colección “La mar de cuentos”, que ampliaba el espectro de cuentos tradicionales ofrecido por Los cuentos de Polidoro, en la década del ochenta. Son libritos de pequeño formato ilustrados en blanco y negro; en el caso de los cuentos de Perrault, el ilustrador es Saúl. Esa misma colección pasó después a la editorial Gramón-Colihue en donde los cuentos se publicaron en forma individual y reunidos en un solo volumen demayor formato.


La era del libro-álbum

 

        Frente a la tendencia de usar los cuentos tradicionales sólo para parodiarlos y reescribirlos, surgió, también en los ochenta, otra corriente que busca rescatar las primeras versiones literarias y transformarlas en libro-álbum.

        Teresa Colomer (op. cit.: 78) postula que los estudios de la literatura infantil de la década del  ochenta debieron incluir un nuevo contenido: el uso de los recursos no verbales. Esto tuvo repercusión en dos ámbitos: los libros de imágenes para pre-lectores y los libros-álbum.

        Un libro-álbum no es simplemente un libro ilustrado, es una obra en la que el texto y la ilustración se relacionan de una manera particular puesto que las imágenes  pueden ampliar o contradecir los sentidos del texto. Veamos cómo lo define Fanuel Hanán Díaz (2007: 92-93):

“El libro-álbum se reconoce porque las imágenes ocupan un espacio importante en la superficie de la página; ellas dominan el espacio visual. También se reconoce porque existe un diálogo entre el texto y las ilustraciones, o lo que puede llamarse una “interconexión de códigos”. Sin embargo, esta interconexión no es suficiente para que podamos considerar a un libro como álbum. ...En los libros-álbum no basta con que exista esa interconexión de códigos. Debe prevalecer tal dependencia que los textos no puedan ser entendidos sin las imágenes y viceversa”.

        Según esta definición, sería imposible transformar un cuento de Perrault en un libro-álbum ya que sus textos se sostendrían por sí mismos. De hecho, Díaz da como ejemplo una versión de Piel de Asno de la cual hablaremos al analizar el cuento. Sin embargo. El mismo autor  al hablar la influencia del cine en la ilustración, provee como ejemplo Cenicienta de Roberto Innocenti y lo considera un verdadero libro álbum (op. cit.:107-108).

            Uno de los primeros intentos en español de presentar los cuentos tradicionales en el formato de libro-álbum fue la colección “Ratón Pérez” de Editorial Anaya que comenzó a publicar a Perrault , Grimm y Andersen en pequeños álbumes, ilustrados por excelentes artistas. Esta tendencia de  los años ochenta fue continuada por otras editoriales españolas (Lumen, Juventud,  Blume,  Zendrera-Zariquiey, Corimbo, Ediciones B) que ofrecen traducciones fieles a los cuentos de Perrault en formato de libro-álbum. Las ilustraciones a todo color  les proveen nuevos sentidos a los viejos cuentos.

Todas estas publicaciones dan cuenta de que, a pesar de los ataques a su supuesta crueldad o falta de moral, y a pesar de todas las censuras, adaptaciones y parodias imaginables, los cuentos de Perrault se siguen leyendo aún conservando el texto original.

 

 



Grabado de Gustave Doré para la portada de la edición de Hetzel, de 1862.

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Citado por Collinet (opus cit.: 25)

[2] Citado por Gèlis (op. cit.: 100)

[3] Autor de La literatura infantil (1945)

[4] Autor de Psicopatología y psicopedagogía del cuento infantil (1955)

[5] La traducción correcta del vocablo italiano “fiabe” no es “fábulas” sino “cuentos”.

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